EL MÍO CON SODA

11 / 09 / 2018

“Éste era un pana y su jeva que coronaron un caballito frenao’ porque querían caerse a curda y tripearse el fin…” Si entendió esta frase completa, felicidades. Usted es un venezolano de pura cepa. Solo un criollo sería capaz de descifrar que se trata de un amigo y su novia que consiguieron una botella de ron Pampero (cuyo logo representa un caballo parado en dos patas) para celebrar su fin de semana.

Venezuela on the Rocks!, el nuevo libro de Miro Popic, recoge muchas de estas expresiones –de una manera más elegante claro está- en su recorrido por la historia de qué y cómo bebemos los venezolanos. Lo divino es que el libro confirma la tesis de que en Venezuela, la “caña”, en todas sus formas, siempre ha existido como una excusa para compartir y escapar de los problemas mundanos.

Nuestra pasión por el compartir es lo que hace que el licor sea un acompañante ideal en momentos de celebración. Gracias a la presencia del ron, el whisky, el vino, el anís, la cerveza y el aguardiente en nuestras mesas, sobremesas y bares, hemos hecho, y a veces deshecho, amistades de por vida. Compadre no es compadre, compromiso no es compromiso y acuerdo no es acuerdo, sin que se selle ese vínculo con un brindis. “Compae venga un abrazo” cantaba Maracaibo 15 sobre un hombre que esperaba en la esquina a un amigo un 31 de diciembre “¡para que brindemos!, ¡Para que brindemos!”

A mí en lo particular siempre me ha causado placer que en el país hablamos del alcohol en términos de cariño aunque no lo parezca. En cualquier otro país “vamos a caernos a palos” implicaría una riña, pero en Venezuela eso es “vamos a sentarnos con dos tragos de por medio y gozarnos la vida”.

Así vamos por la vida con motes de cariño para hacernos entender, aun cuando no estamos seguros si fuera de nuestras fronteras nos entenderían del todo. Una fiesta sin “curda” es una rumba que quedó “piche”, un abstemio es un “zanahoria” y aquí más de un apasionado de tragos tiene colgado en su bar un cartelón jocoso, que atemorizaría al más puritano de los profesionales de la salud, que dice: “prefiero ser un borracho conocido que un alcohólico anónimo”.

Aquí las cervezas son “frías”, el ron Cacique es un “pecho cuadrado”, y los licores fuertes servidos con hielo no se toman, se “campanean”. En una bulliciosa tasca basta con decir “un tercio” para que te sirvan un tercio de litro de cerveza Polar; mientras que en la barra de un bar elegante el “mío con soda” te trae un vaso con hielo hasta el tope, dos dedos –que en verdad son cuatro- de whisky y soda hasta el tope. Si el whisky queda muy suave, eso es un “aguado” y si por el contrario resulta muy fuerte quien lo consume lo llama un “palo ‘e músico”. Cualquier trago que queme el esófago “te regaña” y nadie en Venezuela asume su exceso de tragos. Cualquier ratón al día siguiente amerita la sentencia capital: “esos tragos estaban pinchados”.

¿Tomamos más de la cuenta en nuestros momentos de celebración? Lo más probable. ¿Nos importa? Debería, pero tenemos peores problemas. En todo caso, el placer de beber siempre ha sido en aras de pasar un buen momento, incluso cuando no podemos hacerlo. Tarde en su vida, el médico de cabecera de mi abuelo le limitó su ingesta de alcohol a dos copas de vino diarias. “Tomar con moderación” decían las indicaciones. Mi abuelo acató la orden con una dosis buen humor. Cada vez que alguien se lo encontraba en su bar de costumbre y le preguntaba que cómo estaba, mi abuelo respondía, “Aquí chico, feliz. Tomando con una maracucha divina llamada Moderación”.

Así somos muchos los que vivimos en esta Venezuela on the Rocks!

 

 

 

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